Corita era una niña muy obediente a sus padres, rara vez se atrevía a cuestionar las decisiones que estos tomaban por ella. Cuando le pidieron que dejara de asistir a la iglesia porque esta le robaba el tiempo, ella obedeció, aun cuando sabía que lo que sus padres menos tenían era tiempo para compartir con ella. Lo mismo ocurrió cuando le prohibieron ingresar al grupo de coreografías del colegio; a las clases de inglés; a invitar amigos a su casa, etc. Temía a la severidad de sus padres y a lo que la sociedad y la familia dijera de estos; si ella se salía del manual. Pero le disgustaba la idea de ser parte del grupo de los que nunca pierden ni ganan, porque no se arriesgan. Detestaba saber que era parte del grupo de los cobardes.
Desde niña soñó con convertirse en una de esas mujeres intrépidas que salen en la televisión. Solía parase frente al espejo y con un peine en su mano, reportar sobre el clima o algún accidente de tránsito. Pasaba horas leyendo y escribiendo noticias. Encabezados como: “princesa raptada por horrible monstruo”, “EL lobo feroz ataca otra vez”, y otros, describían la vocación de aquella niña por las comunicaciones. Sus padres, más que como una verdadera afición, tomaban aquella actitud como un juego de niños. Después de todo, ella había sido elegida para cumplir los sueños que ellos no alcanzaron: convertirse en administrador de empresas.
Los años transcurrían y su amor por la comunicación social aumentaba, al igual que la emoción de sus progenitores al imaginar a su hija sentada en una oficina de lujo, como administradora de alguna empresa reconocida. La idea le parecía repulsiva y mezquina; una vez más debería cumplir los deseos de sus padres a cuenta de su propia felicidad. Pero el temor a la reacción de ellos era más fuerte que sus deseos de arriesgarse a triunfar y alcanzar sus sueños. Sus pensamientos sobre la carrera rara vez venían solos, la mayoría del tiempo se acompañaban de frases como: “los periodistas se mueren de hambre y nosotros queremos lo mejor para vos”, “si querés estudiar vas a hacer lo que digamos, sino hay ve cómo pagas la U”, y otras que le atormentaban y le impedían actuar.
Y es que para dominar a una persona basta con meterle miedo en el cuerpo. Lo demás es pan comido, porque una vez ganada la voluntad, la decisión de no actuar ya se tomó y el demonio del temor salió victorioso. Los miedos crecen hasta donde uno les permite y ellos hacen con nosotros lo que les dejemos hacer. Los que no se arriesgan en la vida, rara vez alcanzan el éxito y disfrutan de sus frutos, ya que este no se trata de obtener el mejor empleo del mundo, el mejor salario, la casa más bonita, etc. Una persona exitosa es aquella que aprendió a levantarse, sacudirse el polvo y continuar cuando perdió una batalla y alegrarse, pero no confiarse cuando ganó otra
El que no se arriesga no vive, porque vive por los demás. Hace lo que los demás quieren, pero nunca se atrevieron a hacer. Habla y piensa como todos lo hacen, aunque por dentro no entiendan ni una palabra. Nunca aprenderán a ganar o perder porque no vivieron con intensidad, como los papás de Corita, que odiaban su profesión, pero al salir de la universidad no decidieron pagarse los estudios para alcanzar su sueño.
Y ahí estaba ella, lápiz en mano y demonio del temor a la par amedrentándola para que no actuara. Sus ojos se llenaron de lágrimas y en su garganta se anidó un suspiro. Comunicación Social, escribió, y salió victoriosa del recinto, mientras el demonio se revolcaba de dolor y humillación al saberse vencido. A los temores hay que enfrentarlos para experimentar la belleza de la vida, porque ellos no conocen de riesgos o palabras. Solo así lograremos ser lo que siempre anhelamos y convertirnos en lo que todos deberíamos ser: Ganadores.
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