Me mudé a Nicaragua hace casi dos años y aún siento como si fue ayer cuando experimenté lo que es ser presa del terror de la violencia. Después de un año decidimos mudarnos a una zona de la ciudad que, según el vox populi, era tan segura como el precio que pagas por rentar una casa.
No es para menos, la zona es habitada por muchas personalidades reconocidas, militares y extranjeros y dentro de ella está ubicada la escuela superior del ejército.
Hasta hace dos días todo me parecía un cuento de hadas; los encargados de la seguridad detienen a todos lo que quieren entrar y le preguntan a qué número de casa se dirigen.Luego, apuntan en una lista el número de placa, el nombre del conductor y el destino y hacen saber a los demás vigilantes sobre un nuevo ingreso a través de su intercomunicador. A simple vista, es un sistema casi infalible de penetrar y eso solía creer hasta hace 48 horas cuando pasó algo que calificaré como lamentable y preocupante.
A dos cuadras de distancia de mi calle hay un negocio de belleza nuevo al que la mayoría de residentes de la colonia asisten, las trabajadoras son muy amables y se caracterizan por su profesionalismo y jovialidad a la hora de atender a los clientes.
El salón está conectado con una residencia y eso le da un toque a hogar que hace a cualquiera quedarse.Aquel jueves, todo parecía normal. El salón abrió sus puertas a las 7 de la mañana y después de arreglar todo se dispusieron a esperar a sus primeros clientes, pero parecía que ese día todos habían decidido ocuparse en cualquier otra cosa que no involucrara tintes, esmaltes o tratamientos de belleza.
La calle estaba desolada. En la entrada de la residencial un automovil se detuvo, los hombres dentro se identigicaron como técnicos en reparación de aires acondicionados y aseveraron que una llamada desde el salón de belleza había solicitado sus servicios.
Los vigilantes, los dejaron entrar tan fácil como si fueran conocidos de años, claro; a mi me piden hasta la magnífcant cada vez que quiero ir a mi casa ( como si nunca me hubieran visto) pero a los indecentes esos los dejaron entrar como "Juan por su casa".
Abrieron la puerta del salón y le dijeron a la dueña que estaban ahi para reparar su aire acondicionado y cuando ella les dijo que no había llamado a nadie. Los hombres sacaron pistolas, las tiraron al piso, las golpearon y les pidieron todo el dinero que tuvieran. Como suele suceder en estos casos, siempre hay alguien que está en el lugar y hora equivocada , una de las proveedoras de equipos y mercadería para salones de belleza hacía su entrada saludando con alegría a las dos aterrorizadas mujeres que minutos antes habían sido maltratadas por los hombres.
Afuera del lugar la calle parecía la misma de siempre, con la excepción de que ningún vigilante se paso por el lugar para hacer su recorrido habitual en el que se aseguran casa por casa si están solas o no.
Los segundos les parecían horas y los nervios empezaban a traicionarlas hasta que los hombres amenazaron con llevarse a la vendedora como rehén,entonces todo se puso feo mientras las otras dos mujeres les rogaban que la dejaran irse los hombres quebraban vitrinas, robaban mercancía y destruían todo lo que estaba a su paso. Parecía que su propósito era dejar sin un medio de subsistencia a aquellas dos aterrorizadas madres amenazadas de muerte por el estúpido descuido de uno de los hombres de mostrar su rostro.
Aquellos fueron los 30 minutos más largos de su vida. Los hombres salieron como si nada y atrás dejaron una escena dantesca que tardará mucho en ser olvidada.
Que triste es vivir en un país en el que la seguridad de sus ciudadanos parece ser lo que menos importa. Que triste es vivir en una residencial en la que parece que al igual que el sistema la llamada" seguridad" no es más que una burla. Que triste es ver como miles de crímenes quedan impunes porque no hay personas capaces de pararse en la brecha y decidir hacer lo correcto en lugar de lo lucrativo, lo bueno en lugar de lo corrupto, lo extraordinario en lugar de lo común.
Que triste es vivir en Centroamérica en tiempos como estos en los que la violencia se expande tan rápidamente que no te das cuenta. Que triste es ver que ya no se puede confiar en nadie. Que triste es ver como muchos hoy prefieren seguir viviendo en este mundo tan volátil , lleno de vanalidades e indiferencia; en lugar de convertirse en punta de lanza para cambiar lo que ocurre en el mundo.
No es para menos, la zona es habitada por muchas personalidades reconocidas, militares y extranjeros y dentro de ella está ubicada la escuela superior del ejército.
Hasta hace dos días todo me parecía un cuento de hadas; los encargados de la seguridad detienen a todos lo que quieren entrar y le preguntan a qué número de casa se dirigen.Luego, apuntan en una lista el número de placa, el nombre del conductor y el destino y hacen saber a los demás vigilantes sobre un nuevo ingreso a través de su intercomunicador. A simple vista, es un sistema casi infalible de penetrar y eso solía creer hasta hace 48 horas cuando pasó algo que calificaré como lamentable y preocupante.
A dos cuadras de distancia de mi calle hay un negocio de belleza nuevo al que la mayoría de residentes de la colonia asisten, las trabajadoras son muy amables y se caracterizan por su profesionalismo y jovialidad a la hora de atender a los clientes.
El salón está conectado con una residencia y eso le da un toque a hogar que hace a cualquiera quedarse.Aquel jueves, todo parecía normal. El salón abrió sus puertas a las 7 de la mañana y después de arreglar todo se dispusieron a esperar a sus primeros clientes, pero parecía que ese día todos habían decidido ocuparse en cualquier otra cosa que no involucrara tintes, esmaltes o tratamientos de belleza.
La calle estaba desolada. En la entrada de la residencial un automovil se detuvo, los hombres dentro se identigicaron como técnicos en reparación de aires acondicionados y aseveraron que una llamada desde el salón de belleza había solicitado sus servicios.
Los vigilantes, los dejaron entrar tan fácil como si fueran conocidos de años, claro; a mi me piden hasta la magnífcant cada vez que quiero ir a mi casa ( como si nunca me hubieran visto) pero a los indecentes esos los dejaron entrar como "Juan por su casa".
Abrieron la puerta del salón y le dijeron a la dueña que estaban ahi para reparar su aire acondicionado y cuando ella les dijo que no había llamado a nadie. Los hombres sacaron pistolas, las tiraron al piso, las golpearon y les pidieron todo el dinero que tuvieran. Como suele suceder en estos casos, siempre hay alguien que está en el lugar y hora equivocada , una de las proveedoras de equipos y mercadería para salones de belleza hacía su entrada saludando con alegría a las dos aterrorizadas mujeres que minutos antes habían sido maltratadas por los hombres.
Afuera del lugar la calle parecía la misma de siempre, con la excepción de que ningún vigilante se paso por el lugar para hacer su recorrido habitual en el que se aseguran casa por casa si están solas o no.
Los segundos les parecían horas y los nervios empezaban a traicionarlas hasta que los hombres amenazaron con llevarse a la vendedora como rehén,entonces todo se puso feo mientras las otras dos mujeres les rogaban que la dejaran irse los hombres quebraban vitrinas, robaban mercancía y destruían todo lo que estaba a su paso. Parecía que su propósito era dejar sin un medio de subsistencia a aquellas dos aterrorizadas madres amenazadas de muerte por el estúpido descuido de uno de los hombres de mostrar su rostro.
Aquellos fueron los 30 minutos más largos de su vida. Los hombres salieron como si nada y atrás dejaron una escena dantesca que tardará mucho en ser olvidada.
Que triste es vivir en un país en el que la seguridad de sus ciudadanos parece ser lo que menos importa. Que triste es vivir en una residencial en la que parece que al igual que el sistema la llamada" seguridad" no es más que una burla. Que triste es ver como miles de crímenes quedan impunes porque no hay personas capaces de pararse en la brecha y decidir hacer lo correcto en lugar de lo lucrativo, lo bueno en lugar de lo corrupto, lo extraordinario en lugar de lo común.
Que triste es vivir en Centroamérica en tiempos como estos en los que la violencia se expande tan rápidamente que no te das cuenta. Que triste es ver que ya no se puede confiar en nadie. Que triste es ver como muchos hoy prefieren seguir viviendo en este mundo tan volátil , lleno de vanalidades e indiferencia; en lugar de convertirse en punta de lanza para cambiar lo que ocurre en el mundo.