Ayda Alina Martínez es una joven de 24 años que vive en la comunidad de Waspan en Chinandega. Junto a sus cuatro hijos decide compartir con nosotros el día en el que la luz iluminó a su familia.
Tatiana Peña




Ayda Alina Martínez tiene un año menos que yo y cuatro hijos que a mi me faltan. Vive en una comunidad de El viejo Chinandega, en la que la erosión de los suelos ha hecho casi imposible la agricultura y el agua escasea debido a múltiples razones, pero la esperanza de que la luz llegue cuando más oscuro está es la que los mantiene firmes y perseverantes.
Todos los días se levanta a las cuatro de la mañana para ayudar a su esposo Juan a preparase para un día de trabajo en el aserradero. “De lo que ganamos apartamos para comida y a veces, si no sobra, compramos ropa” afirma Ayda con una sonrisa nerviosa mientras prepara los últimos frijoles de la familia.
Vivir en el Waspante no es algo fácil. Los pobladores deben rebuscarselas para trabajar en lo que se pueda. Mientras sus esposas se dedican a cuidar el hogar, para Ayda las cosas no son diferentes. A sus escasos 24 años ya es madre de cuatro niños entre las edades de uno y trece años de edad y se dedica a las tareas domésticas desde que dejó la escuela al darse cuenta que esperaba a su primer bebé.
Ella forma parte de las 70 familias que recibieron la bendición que cada mes la organización Convoy of Hope da a familias de las comunidades más pobres de Nicaragua.
Eran las ocho de la mañana cuando una vecina se acercó para decirle a Ayda que acababa de recibir una llamada en la que se confirmaba que el grupo había salido de Managua a las 5 de la mañana con un camión lleno de cosas que pensaban compartir en la comunidad. “Dicen que ya vienen y que son un montón de chavalitos”, – dijo emocionada, mientras le pedía a su hija mayor que le ayudara a vestir a los más pequeños con la mejor ropa que tenían.
Había pasado una hora y media desde que su vecina vino a su casa. Marito, el menor de sus hijos varones le pedía con insistencia que empezaran a caminar para evitar asolearse y llegar primero la iglesia. Así que , uan vez todos sus hijos estaban vestidos y presentables, decidió dirigirse a lo que horas más tarde se convertiría en el oasis en el desierto para 75 familias.
El camino para llegar a la iglesia evangélica es empedrado y polvoriento, los árboles frutales que lo adornan son la evidencia palpable de que en algún tiempo esa era una tierra extremadamente fértil. “Aquí antes era bonito, yo me acuerdo que de chavala cuando no teníamos que comer nos subíamos a los palos y ahí almorzábamos hoy ya solo estos palos quedan sanos” expresa Ayda mientras se seca el sudor de la frente.
Treinta minutos después de recorrer un camino polvoriento, Ayda y sus hijos llegaron a la iglesia, un templo improvisado hecho de horcones de madera con techo de lámina y sin paredes al que asisten unas 20 familias. Cuando llegó el único lugar vacío era una banca vieja de color marrón, Marito fue el primero en sentarse mientras que su madre se puso de rodillas y empezó una oración que duró más de media hora.
El reloj marcaba las diez y media de la mañana, del 23 de Junio del año 2009.
Ante el asombro de muchos un camión blanco se estacionó frente al templo.Detrás de él había otra camioneta gris de la que se bajo un hombre bajo y recio que saludando con un “Dios les bendiga” ordenó a 10 jóvenes americanos, bajarse de los vehículos y ayudar a descargar 150 bolsas blancas con el logo estampado de dos manos entrelazadas en el que se leía Convoy of Hope, que traducido al español significa: "Caravana de Esperanza".
“Ojalá sean juguetes” –decían los hijos mayores de Ayda- “no hombre chavalos, ojalá sea comida”- les contradijo su madre mientras observaba fijamente al grupo de jóvenes organizándose.
Las bolsas cargadas de sopas, pasta, frijoles, frutas deshidratadas y zapatos fueron acomodadas a un lado del edificio. El pastor se acercó al grupo y con un " Dios les bendiga hermanos y amigos" inició la reunión.
Después de un culto de 20 minutos, una muchacha alta con un acento parecido al mexicano, según los pobladores del lugar, se paró frente a las bolsas y empezó a llamar a uno por uno de los asistentes. Seis nombres después se escuchó “ Ayda Alina Martínez...”. Con una sonrisa en su rostro y la cédula en mano la joven se levantó, puso a su bebé en brazos de su hermana y apresurándose entregó sus datos y recibió dos bolsas blancas, una con comida y la otra con zapatos y ropa que para su sorpresa eran de la talla de sus hijos.
“Con este alimento ya no se me mueren de hambre los chavalos” expresó llorando. “ Esto es como dicen, un oasis en el desierto, aunque yo nunca he visto uno” dijo, mientras se acomodaba una bolsa en la cabeza y alzaba a su hija más pequeña.
Tatiana Peña




Ayda Alina Martínez tiene un año menos que yo y cuatro hijos que a mi me faltan. Vive en una comunidad de El viejo Chinandega, en la que la erosión de los suelos ha hecho casi imposible la agricultura y el agua escasea debido a múltiples razones, pero la esperanza de que la luz llegue cuando más oscuro está es la que los mantiene firmes y perseverantes.
Todos los días se levanta a las cuatro de la mañana para ayudar a su esposo Juan a preparase para un día de trabajo en el aserradero. “De lo que ganamos apartamos para comida y a veces, si no sobra, compramos ropa” afirma Ayda con una sonrisa nerviosa mientras prepara los últimos frijoles de la familia.
Vivir en el Waspante no es algo fácil. Los pobladores deben rebuscarselas para trabajar en lo que se pueda. Mientras sus esposas se dedican a cuidar el hogar, para Ayda las cosas no son diferentes. A sus escasos 24 años ya es madre de cuatro niños entre las edades de uno y trece años de edad y se dedica a las tareas domésticas desde que dejó la escuela al darse cuenta que esperaba a su primer bebé.
Ella forma parte de las 70 familias que recibieron la bendición que cada mes la organización Convoy of Hope da a familias de las comunidades más pobres de Nicaragua.
Eran las ocho de la mañana cuando una vecina se acercó para decirle a Ayda que acababa de recibir una llamada en la que se confirmaba que el grupo había salido de Managua a las 5 de la mañana con un camión lleno de cosas que pensaban compartir en la comunidad. “Dicen que ya vienen y que son un montón de chavalitos”, – dijo emocionada, mientras le pedía a su hija mayor que le ayudara a vestir a los más pequeños con la mejor ropa que tenían.
Había pasado una hora y media desde que su vecina vino a su casa. Marito, el menor de sus hijos varones le pedía con insistencia que empezaran a caminar para evitar asolearse y llegar primero la iglesia. Así que , uan vez todos sus hijos estaban vestidos y presentables, decidió dirigirse a lo que horas más tarde se convertiría en el oasis en el desierto para 75 familias.
El camino para llegar a la iglesia evangélica es empedrado y polvoriento, los árboles frutales que lo adornan son la evidencia palpable de que en algún tiempo esa era una tierra extremadamente fértil. “Aquí antes era bonito, yo me acuerdo que de chavala cuando no teníamos que comer nos subíamos a los palos y ahí almorzábamos hoy ya solo estos palos quedan sanos” expresa Ayda mientras se seca el sudor de la frente.
Treinta minutos después de recorrer un camino polvoriento, Ayda y sus hijos llegaron a la iglesia, un templo improvisado hecho de horcones de madera con techo de lámina y sin paredes al que asisten unas 20 familias. Cuando llegó el único lugar vacío era una banca vieja de color marrón, Marito fue el primero en sentarse mientras que su madre se puso de rodillas y empezó una oración que duró más de media hora.
El reloj marcaba las diez y media de la mañana, del 23 de Junio del año 2009.
Ante el asombro de muchos un camión blanco se estacionó frente al templo.Detrás de él había otra camioneta gris de la que se bajo un hombre bajo y recio que saludando con un “Dios les bendiga” ordenó a 10 jóvenes americanos, bajarse de los vehículos y ayudar a descargar 150 bolsas blancas con el logo estampado de dos manos entrelazadas en el que se leía Convoy of Hope, que traducido al español significa: "Caravana de Esperanza".
“Ojalá sean juguetes” –decían los hijos mayores de Ayda- “no hombre chavalos, ojalá sea comida”- les contradijo su madre mientras observaba fijamente al grupo de jóvenes organizándose.
Las bolsas cargadas de sopas, pasta, frijoles, frutas deshidratadas y zapatos fueron acomodadas a un lado del edificio. El pastor se acercó al grupo y con un " Dios les bendiga hermanos y amigos" inició la reunión.
Después de un culto de 20 minutos, una muchacha alta con un acento parecido al mexicano, según los pobladores del lugar, se paró frente a las bolsas y empezó a llamar a uno por uno de los asistentes. Seis nombres después se escuchó “ Ayda Alina Martínez...”. Con una sonrisa en su rostro y la cédula en mano la joven se levantó, puso a su bebé en brazos de su hermana y apresurándose entregó sus datos y recibió dos bolsas blancas, una con comida y la otra con zapatos y ropa que para su sorpresa eran de la talla de sus hijos.
“Con este alimento ya no se me mueren de hambre los chavalos” expresó llorando. “ Esto es como dicen, un oasis en el desierto, aunque yo nunca he visto uno” dijo, mientras se acomodaba una bolsa en la cabeza y alzaba a su hija más pequeña.
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